junio 18, 2026 ·

Dormir ocho horas ya no basta: la razón por la que muchas personas siguen despertando cansadas

Durante años, la recomendación de dormir ocho horas por noche ha sido considerada una de las principales reglas para mantener una buena salud. Sin embargo, investigaciones recientes y especialistas citados por National Geographic advierten...

Durante años, la recomendación de dormir ocho horas por noche ha sido considerada una de las principales reglas para mantener una buena salud. Sin embargo, investigaciones recientes y especialistas citados por National Geographic advierten que cumplir con ese objetivo no garantiza necesariamente un descanso reparador. En la era digital, factores como la exposición constante a pantallas, el estrés, la alteración de los ritmos biológicos y la falta de desconexión mental están modificando profundamente la forma en que las personas descansan.

Aunque una persona permanezca ocho horas en la cama, eso no significa que su organismo haya completado adecuadamente los procesos de recuperación física y mental que ocurren durante el sueño. Los expertos sostienen que la calidad del descanso depende de elementos mucho más complejos, como la profundidad de las distintas fases del sueño, la regularidad de los horarios y la capacidad del cerebro para reducir su nivel de alerta al final del día.

Las investigaciones realizadas en laboratorios especializados en sueño han detectado que muchas personas pasan cada vez menos tiempo en la fase de sueño profundo, considerada esencial para la restauración celular, la consolidación de la memoria y el equilibrio metabólico. Este fenómeno puede ocurrir incluso cuando se cumplen las recomendaciones tradicionales sobre la cantidad de horas dormidas.

El profesor Orfeu Buxton, investigador de la Universidad Estatal de Pensilvania, explica que el cerebro no siempre recibe las señales fisiológicas necesarias para desconectarse completamente. En condiciones normales, durante la noche disminuyen los niveles de cortisol, conocido como la hormona del estrés, mientras se activan diversos procesos de recuperación. Sin embargo, cuando este mecanismo se altera, el descanso pierde eficacia y el organismo no logra recuperarse plenamente.

La neurociencia moderna respalda esta visión al señalar que la salud del sueño no depende exclusivamente de la duración, sino también de la profundidad, la continuidad y la sincronización con los ritmos biológicos naturales. En este contexto, el estrés cotidiano y la sobreestimulación tecnológica se han convertido en dos de los principales obstáculos para lograr un descanso verdaderamente reparador.

Uno de los factores que más preocupa a los especialistas es el impacto de la vida digital. La presencia constante de teléfonos inteligentes, redes sociales, notificaciones y contenidos disponibles las 24 horas ha modificado la relación entre las personas y el descanso. La psiquiatra Anna Lembke, de la Universidad de Stanford, sostiene que la estimulación digital permanente mantiene activo el sistema de recompensa del cerebro, impulsándolo a buscar nuevas fuentes de información y entretenimiento incluso cuando el cuerpo necesita relajarse.

Esta situación provoca que muchas personas lleguen a la cama con un nivel elevado de actividad mental. Aunque apaguen el teléfono o cierren la computadora, el cerebro puede permanecer en un estado de vigilancia que dificulta la transición hacia las fases más profundas del sueño.

Estudios recientes también han encontrado una relación entre el uso excesivo de teléfonos inteligentes y una menor calidad del descanso, además de mayores niveles de malestar psicológico. El problema no consiste únicamente en acostarse más tarde, sino en la interrupción de los procesos fisiológicos que permiten al organismo recuperarse durante la noche.

Buxton describe este fenómeno como una economía basada en la extracción constante de atención. Según el especialista, la mente permanece sometida a una demanda continua de estímulos que termina generando agotamiento y dificulta los mecanismos naturales de recuperación.

Otro aspecto fundamental es la sincronización con los ritmos circadianos, el reloj biológico interno que regula los ciclos de sueño y vigilia. La investigadora Kristen Knutson, de la Universidad Northwestern, destaca que el momento en que una persona duerme es tan importante como la cantidad de horas que permanece descansando.

Cada individuo posee una ventana biológica óptima para dormir. Cuando los horarios laborales, escolares o sociales obligan a dormir fuera de esa ventana natural, el sueño puede volverse más superficial y menos restaurador. Este fenómeno, conocido como jet lag social, ocurre cuando las personas mantienen horarios diferentes entre los días laborales y los fines de semana.

La desincronización entre el reloj biológico y las obligaciones cotidianas ha sido asociada con un mayor riesgo de desarrollar trastornos metabólicos, enfermedades cardiovasculares y problemas relacionados con la salud mental. En muchos casos, lo que se interpreta como insomnio o dificultad para descansar puede estar vinculado a esta incompatibilidad entre las necesidades biológicas y las exigencias sociales.

La exposición a la luz artificial representa otro desafío importante. Durante miles de años, los seres humanos regularon sus ciclos de sueño en función de la luz natural. Sin embargo, la iluminación artificial y las pantallas electrónicas han alterado profundamente este equilibrio.

Los estudios muestran que la luz emitida por teléfonos, tabletas, computadoras y televisores puede retrasar la producción de melatonina, la hormona encargada de preparar al organismo para dormir. Además, ciertas señales captadas por la retina activan circuitos cerebrales relacionados con la vigilancia, incrementando los niveles de alerta y dificultando la conciliación del sueño.

La especialista Wendy Troxel, investigadora de RAND, considera que uno de los mayores problemas actuales es la desaparición de los límites psicológicos entre el trabajo, el entretenimiento y el descanso. Muchas personas continúan conectadas a correos electrónicos, redes sociales o plataformas digitales hasta pocos minutos antes de dormir, impidiendo que el cerebro identifique claramente el final de la jornada.

Como resultado, algunas personas logran quedarse dormidas, pero experimentan un descanso fragmentado y poco profundo. En estas condiciones, el sueño pierde parte de su capacidad reparadora, independientemente de las horas acumuladas.

Frente a esta realidad, los expertos no proponen eliminar completamente la tecnología, sino establecer hábitos que favorezcan la recuperación natural del organismo. Entre las recomendaciones más importantes se encuentran mantener horarios regulares para acostarse y despertarse, reducir la exposición a pantallas y luces intensas durante la noche y crear rutinas que marquen el final de las actividades diarias.

Acciones simples como apagar dispositivos electrónicos antes de dormir, disminuir la intensidad de la iluminación, silenciar notificaciones o dedicar algunos minutos a actividades relajantes pueden ayudar a que el cerebro identifique que ha llegado el momento de descansar.

Los especialistas destacan que la consistencia es uno de los factores más importantes para mejorar la calidad del sueño. Cuando el cuerpo recibe señales claras y repetidas sobre los momentos de actividad y descanso, los niveles de cortisol disminuyen de manera natural y la producción de melatonina aumenta, favoreciendo la entrada en las fases profundas del sueño.

Más que perseguir una cifra exacta de horas dormidas, los expertos sugieren prestar atención a la calidad del descanso y a la capacidad del organismo para recuperarse. En una sociedad cada vez más conectada y acelerada, aprender a establecer límites entre el día y la noche podría ser una de las herramientas más efectivas para recuperar el verdadero valor reparador del sueño.